La biología sintética como homeotécnica y antropotécnica activa

Antonio Diéguez

Gustavo Torner. Sin título, Vesalio, el cielo, las geometrías y el mar, 1964-1966. Colección Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid

En su ensayo de 2001 “El hombre operable”, el filósofo alemán Peter Sloterdijk distingue entre las alotécnicas y las homeotécnicas. Las primeras serían técnicas tradicionales que operan contra la naturaleza, explotando y destruyendo sus recursos, que –como él dice– “usan materia para fines que son indiferentes o ajenos a la materia misma”, mientras que las segundas serían las técnicas con propiedades similares a las de la naturaleza que, en lugar de la dominación, buscan la cooperación con la información biológica para integrar de forma armoniosa al ser humano con su entorno. Entre los ejemplos que Sloterdijk cita de homeotécnica están la ecología, las ciencias de la complejidad, las biotecnologías y las nootecnologías. Hoy día, aunque con una visión menos idealista de ellas de la que esboza Sloterdijk, podríamos añadir la inteligencia artificial, que trata de reproducir una cualidad de ciertas entidades biológicas como es la inteligencia, pero también, y de forma más ajustada incluso, la biología sintética. Ambas son, además, manifestaciones claras de lo que se ha designado como “tecnociencia”, es decir, disciplinas en las que es imposible desligar los aspectos puramente científicos de los tecnológicos y en las que es necesaria una gran financiación, ya sea pública o privada, para su desarrollo. En la biología sintética encontramos, por ejemplo, investigaciones teóricas encaminadas a la dilucidación del origen de la vida, o a la determinación del genoma mínimo necesario para ser una célula viable, con trabajos directamente tecnológicos, como la fabricación de bio-bricks que puedan incorporarse a voluntad como módulos recombinables en bacterias o en otros organismos para cambiar sus funciones biológicas.

El objetivo central de la biología sintética es la reconfiguración de la vida, el rediseño de su curso actual a través de la fabricación de componentes biológicos que puedan inducir funciones en los seres vivos que no se dan de forma espontánea en la naturaleza, y, cuando sea factible, la creación de una nueva vida artificial en el laboratorio. Para ello, la vida ha de ser contemplada desde la perspectiva del ingeniero. Una perspectiva en la que un elemento clave es la visión de todo sistema complejo (y los organismos lo son) como un todo compuesto de partes que, convenientemente estandarizadas, pueden ser ensambladas de formas diferentes para obtener sistemas funcionales diversos y novedosos. Se trata, pues, de asumir, de forma cada vez más completa y planificada, el control de toda la vida en nuestro planeta, de ponerla al servicio de nuestros fines e intereses. El resultado sería una naturaleza hecha a la medida del ser humano.

Ahora bien, si, como decimos, un objetivo central de la biología sintética es el rediseño de las formas de vida ya existentes, es claro que la aplicación al ser humano estará tarde o temprano entre sus principales dedicaciones, como explicaron sin ambages George Church, catedrático de genética en Harvard y líder en la investigación en biología sintética, y Ed Regis, divulgador científico, en su impactante libro Regenesis: How Synthetic Biology Will Reinvent Nature and Ourselves, una excelente introducción, por cierto, a este campo. El ser humano será también sujeto de transformaciones decisivas a través de estas tecnologías, primero mediante la creación de nuevos y potentes medicamentos, pero después mediante la edición de su propio genoma con ADN sintético, entrando así de lleno en lo que Sloterdijk llamó antropotécnicas activas, es decir, tecnologías de autotransformación y mejora del ser humano que van mucho más allá de lo las técnicas clásicas, como la educación, la religión, la milicia, la cultura, los sistemas legales, etc., pudieron hacer al respecto. Estas transformaciones, cuando alcancen un cierto umbral, por el momento incierto, podrían conducir a la creación de seres posthumanos, como defienden muchos transhumanistas. Si la evolución biológica ha consistido siempre en aprovechar lo que existía con anterioridad para hacer bricolage con ello, con el resultado evidente de que las constricciones evolutivas históricas, genéticas, del desarrollo, fisicoquímicas, y de otro tipo han dado lugar en los seres vivos a limitaciones fenotípicas inevitables, ¿por qué no introducir –dirán algunos– en ese marasmo oportunista y accidentado un poco de racionalidad? ¿Por qué no hacer de la vida orgánica algo más funcional, mejor estructurado, más racional, y, sobre todo, más útil a nuestros propósitos? ¿Por qué no tomar, en definitiva, la dirección de la evolución biológica sin más?

Se abriría así la posibilidad de una naturaleza y de un ser humano diseñado a medida de los deseos de quienes controlen el poder que la biología sintética pondrá en sus manos. Son promesas aún lejanas, pero lo importante es que no son infundadas. Esto implica que las cuestiones éticas, sociales y políticas que se suscitarán en un futuro serán mucho más complejas y candentes que las que ya hoy se debaten en el ámbito de la biotecnología, y probablemente dejarán cada vez más en evidencia que hay todavía mucho que reflexionar acerca de los fines que realmente queremos conseguir con todo ello. En los propios seres humanos, o más bien en una minoría de ellos, si no somos capaces de hacerlo mejor, recaerá la responsabilidad tomar decisiones trascendentales sobre el futuro de nuestros sistemas sociales e incluso, aunque sea en aspectos concretos, sobre el futuro de nuestra especie.

Dados, además, los enormes intereses comerciales que hay ya detrás de la biología sintética (como los hay detrás de la biotecnología en general), intereses que no harán más que acrecentarse en los próximos años, hasta el punto de que la investigación, al igual que ha sucedido con la IA, está fundamentalmente comandada por empresas privadas, sería ingenuo confiar la gobernanza de estas tecnologías a la mera autorregulación de los investigadores e ingenieros. Algo así sería equivalente a dejar en manos de un puñado de empresarios que lideran las grandes compañías tecnológicas el establecimiento de las normas y las reglas del juego. La loca competencia que se ha establecido entre ellos por la obtención de incontables beneficios no deja lugar a que limiten sus objetivos, como se está viendo con la IA, incluso aunque perciban claramente (y lo hacen) que esos objetivos van contra el interés público.