La batalla de los sucesores de la dama puta

Piazza. Giorgio de Chirico, 1913. Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires.

Estaban Óscar y Villanueva de camino al cine, hablando de Los surferos nazis deben morir. ¿Eran surfistas o surferos? La típica pregunta de empollón de Villanueva. Tenía todos los tics de albondiguilla que uno se pueda imaginar. Óscar los soportaba con paciencia y cariño, porque seguía siendo el mismo tío cojonudo de siempre; tranquilo, callado, guardándose casi todo lo muchísimo que sabe. Villanueva, en cambio, seguía siendo el mismo lelo de siempre, un burdo - e imposible - intento de artista, una persona del montón que se afanaba en pensar que su vida tenía algo de especial, cuando no dejaba de ser un algo en potencia cuyo algo en acto devendría en un algo muy parecido a la materialización de la nada. Habían empezado mal por circunstancias ajenas a la voluntad real de ambos, pero lograron reconducirlo.

La conversación era lógica en el contexto de sus mutuos intereses. Antes, charlaban horas y horas sobre si el Apocalipsis vendría por una invasión de alienígenas hostiles, una guerra nuclear, un virus que convirtiera en zombis a humanos, animales e insectos, la inteligencia artificial, el cambio climático, la venganza de Gaia, un cúmulo de perversos sortilegios o algún fenómeno natural relacionado con un meteorito, una tormenta solar u otros acontecimientos tétricos similares. Lugares comunes, vaya. Por eso no podían dejar de hablar, casi siempre que se veían, sobre cómo no habían podido predecir que el fin del mundo iba a ser provocado por la sola acción de la estupidez humana, que es el principal rasgo de tan detestable especie. 

Conseguimos matarnos todos por el miedo a morir. Después de aquello del Covid-19, que luego le pareció a todo el mundo una memez, apareció en un lugar remoto de la tundra de Kazajstán otro virus cuyo origen seguía siendo ignoto. Quizá derivó de la acción de un mono manipulado genéticamente con el fin de obtener la destreza requerida para, ayudado por un murciélago adiestrado, poder llevar de un lado a otro las probetas de un laboratorio oculto en una ciudad perdida de China/Estados Unidos/Sudeste asiático - localización geográfica esta, Sudeste asiático, que era nombrada bastante, entonces, por los gilipollas -.  Este nuevo virus parecía tener una tasa de mortalidad que rondaba el diez por ciento.

Esta vez, los Gobiernos del mundo actuaron con más decisión que en la pandemia anterior. Declararon - por supuesto, no se les fuera a tachar de arbitrarios, o peor, de incumplidores de la (i)legalidad internacional -, auspiciados por la ONU (nefaria organización culpable de la inmensa mayoría de los males de la casi extinta Humanidad),  el estado de excepción, o figura similar según el lugar, con cierre de fronteras inmediato, más un confinamiento estricto de la población, cuya ruptura era castigada, ipso facto, con un juego de tiro al blanco ejercido por militares de formación y profesión, pero también por paramilitares reclutados, ante la falta de medios públicos, entre lo más granado de los psicópatas, sociópatas y misántropos de cada uno de los países del globo. 

Con semejante panorama, los Gobiernos tardaron solo unos meses en tener preparada una vacuna milagrosa. Hemos salvado miles de millones de vidas, dijeron todos esos próceres, los cuales, nos podríamos atrever a decir, habían sido adecuadamente untados por las farmacéuticas, bancos y grandes fondos de inversión, que estaban frotándose las manos con el nuevo dramón mundial. Por suerte, muchos de esos gobernantes abyectos murieron junto con otros seis mil quinientos millones de personas como consecuencia de los efectos secundarios de la vacuna, que se administró de forma obligatoria a todo pobre diablo que no logró escapar de ello. Es decir, murió la práctica totalidad de la población del supuesto mundo civilizado. En España, país pionero y ejemplar en cuanto al porcentaje de vacunación, quedaron vivas apenas unas quinientas mil personas. 

Hacía mucho de eso a lo que Óscar y Villanueva no le habían puesto un nombre. Óscar y Villanueva pensaban que no murieron porque a ellos, en realidad, se la sudaba morirse o no. Sus células entendieron su pasotismo y les obligaron a vivir en el caos. Pronto descubrieron que en ese contexto eran más felices.

Por suerte, Óscar pudo mandar a su mujer y a sus tres hijos a Estados Unidos, de donde ella era. En aquel país, tan denostado por algunos adláteres de la vacunación obligatoria, se formaron, gracias a su innato espíritu libertario, importantes colonias antivacunas que se organizaron con la prudencia suficiente como para poder escapar de la locura asesina de lo que Paul B. Preciado comenzó a llamar el régimen fármaco-totalitario-fondista-bancario. Por suerte, hay que insistir, la familia de Óscar pudo llegar a una de esas colonias y ahora vivían en paz y tranquilidad, si bien corrían rumores de que en aquellos lugares idílicos empezaban a proliferar movimientos New-New-Age, con claras inclinaciones hacia el suicido colectivo y la perversión de menores.

Pero yo qué coño voy a hacer desde aquí contra eso, tío. Le decía Óscar a Villanueva. Nada, hombre, qué vas a hacer, le tranquilizaba Villanueva, dándole palmadas en la espalda. Tendrán que arrear, chico.

A Villanueva, en el fondo, le molestaba mucho no haberla palmado. Pero no lo decía para no herir sensibilidades. Los pocos que habían sobrevivido solían mostrarse en extremo sensibles cuando se hablaba de quién había fregado, o no, la olla.

Los primeros años tras aquel follón transcurrieron como si los hubiera dirigido un Diógenes moderado. Había muerto tantísima gente que todas las estructuras se difuminaron, incluso las necesarias para haber podido montar grupos de saqueadores como Dios manda, de esos que hemos visto miles de veces en tantas sagas de cine y televisión, amén de videojuegos. Puede que el impacto fuera tan grande como para que no hubiera lugar ni para un exceso de maldad. 

Lo más pintoresco que recordaban Óscar y Villanueva fue el intento de un grupúsculo neonazi de hacerse con la gestión de los suministros de alimentos en Madrid. Resultó, en cierto modo, hasta entrañable. Eran unos treinta chavales de extracción lumpen que no sabían ni quién era Hitler, pero que debieron pensar que había un nicho de oportunidad para ser alguien en la vida. Organizaron una especie de marcha o invasión de Madrid, que anunciaron por las redes sociales. Y es que, a pesar de todo, la tecnología no se resintió mucho, ya que no hubo destrucción de infraestructuras de ningún tipo.  

Fue con la movida aquella de los neonazis cuando a La Dama Puta se le inflaron las pelotas y decidió poner orden. La Dama Puta, que, en pocos meses, de una forma que aún nadie sabe explicar, se había hecho con el control de la ciudad de un modo pacífico, salió al encuentro de los muchachos proto-golpistas y, con una mezcla de delicadeza y firmeza, trufada de amenazas de mutilaciones a manos de sus secuaces, les convenció de renunciar a sus objetivos. La Dama Puta les ofreció comida, cobijo y una cierta formación, por supuesto de carácter no reglado. Todos aquellos cerebros unicelulares pasaron a engrosar sus filas de mafiosos benéficos, educados bajo el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza.

En fin, tampoco tiene mucho sentido regodearse en una historia tan triste. Lo más difícil, al final del día, fue incinerar a tantísimos muertos.

—De verdad que lo creo así, Óscar, tanta muerte fue una tranquila catarsis para la Humanidad, que estaba podrida y sin solución. Lo de Thanos fue una especie de profecía autocumplida.

—Ya sabes que yo eso de Marvel no lo seguía, tío.

—Lo sé, lo sé, eran otros tiempos. Y hablando de nazis, ¿te acuerdas de lo que nos reímos el día de la invasión de aquellos críos?

Madrid vivía un estado de máxima tranquilidad bajo el cetro de La Dama Puta. La ciudad estaba más vieja, más sucia, pero, por lo demás, intacta. El Gobierno del país, formado por personas que ya, por fin, no interesaban a nadie, permitía que los caudillos locales organizasen sus territorios a sus anchas y sólo se preocupaba por mantener en funcionamiento la tecnología y la cadena alimentaria. La política había muerto, al fin; y, a pesar de tanta muerte, tristeza, pérdida y desolación, ello había contribuido a ampliar en gran medida la felicidad de las personas, que no vivían ya bajo el acoso perpetuo y divisionario del poder. Era una especie de vuelta al estado de naturaleza. El dinero sobraba, ya que nadie lo necesitaba. Muchas veces se pagaba por los pocos servicios que había y otras, no. Se practicaba el trueque. Aunque pareciese mentira, en España se habían solventado de un plumazo los problemas de la vivienda y del déficit tarifario, y el Niño Jesús reía y se regocijaba por el cierre de los grandes bancos y empresas energéticas y de telecomunicaciones.

Pero Óscar no era tonto. Villanueva, en cambio, sí. Por eso, Villanueva sabía solo por Óscar que esa especie de paraíso postapocalíptico podía durar poco. Tras el periodo dionisiaco vino uno apolíneo que no te menees, pero ¿por cuánto tiempo podría contenerse la fuerza insondable y bestial de la codicia, la soberbia, el odio y el rencor humanos? 

A Villanueva le aterrorizaba que muriese La Dama Puta, quien, con una sabiduría lunar, proverbial y secular, había sabido contener todo ese mal que las personas eran capaces de ejercer, al menos en Madrid. El resto de España estaba casi despoblado, quizá por ahí hubiese lugares donde se practicase la antropofagia y el sacrificio de niños, pero en Madrid, desde luego, con la Dama Puta, todo era paz y tranquilidad. 

La Dama Puta encabezaba una organización pequeña pero estructurada y jerarquizada con cabeza. Hasta donde Óscar y Villanueva sabían, por debajo de la Dama Puta había cuatro escalones: en la base de la pirámide, había unas cuadrillas de diez personas, hombres y mujeres jóvenes. Se identificaban con un parche en la ropa en el que estaba dibujado el escudo de la organización, que se componía de dos círculos concéntricos: el de dentro, rojo, y el de fuera, negro. Estas pequeñas patrullas tenían encargado mantener el orden público, resolver pequeñas disputas y atender las quejas del personal. Ayudaban a quien cooperaba y amenazaban a quien se pasaba de la raya. Se comentaba que, si te pasabas demasiado de la raya, alguna paliza te podías llevar. Nada serio, tres o cuatro guantazos y un par de patadas lanzadas con cuidado, en zonas blandas, sin órganos vitales. Aunque ni Óscar ni Villanueva habían visto nunca algo así. Entre lo que habían comprobado por ellos mismos y oído por ahí, calculaban que debían ser, en total, unos dos mil. Los llamaban los Putitos.

A cargo de cada Grupo de Putitos había siempre una mujer de mediana edad, una Putaza. Se dejaban ver de vez en cuando con los Putitos que tenían a cargo, sobre todo cuando algún problema se enquistaba. Siempre aparecían si se había cometido un delito; en este punto no tenían demasiado trabajo. A veces pasaba algo, peleas entre vagabundos y yonquis, de forma general. Todo se comentaba por las redes sociales sin que, al menos, de un modo aparente, hubiese ningún tipo de censura. Existía, de hecho, un grupo de opositores a la Dama Puta. Se hacían llamar los Preciados, defensores a ultranza de la teoría queer. Lo cierto es que nadie les hacía ni puto caso.

Por encima de las Putazas, se decía que había cinco hombres y cinco mujeres, a los que la gente denominaba Los Sucesores de la Dama Puta. La razón no estaba clara. Pero si un grupo de personas tiene un nombre, por algo suele ser. Lo que se comentaba era que los Sucesores de la Dama Puta tenían a su cargo entre ocho y diez Putazas, a las que comunicaban las líneas generales de actuación. Vendrían a ser las correas de transmisión de los mensajes de La Dama Puta hacia los espectros más bajos de la organización. 

Por último, en las redes sociales siempre se podía ver, en todos los vídeos que ofrecían imágenes de La Dama Puta, a un hombre de aspecto extraño, casi tan ancho como largo, avejentado, medio calvo, con pelo puesto en una clínica, con seguridad, inmunda, y una mirada aviesa, con un ojo mirando a Cuenca y el otro a Valladolid. Esta babosa ciclada con esteroides iba siempre andando a la derecha de La Dama Puta. Vestía traje y camisa sin corbata. No tenía un nombre a nivel social, aunque Óscar y Villanueva le llamaban, de forma voluntarista o intencionalmente predictiva, El Hijo de la Grandísima Puta.  

El lenguaje corporal que desenvolvían La Dama Puta y El Hijo de la Grandísima Puta llevaba a Villanueva a pensar que este debía ser algo así como el asesor áulico de aquella, una especie Rasputín, o de Chamán, o de director de gabinete o de cualquiera sabe qué. Pero que mandaba un huevo, lo tenía claro.

En cuanto a La Dama Puta, podría decirse de ella que era una reinona. Grande, alta, maciza y con cara de estar todo el tiempo tragando viento, llevaba siempre vestidos amplios, sencillos pero solemnes, de colores vivos. Esto impedía saber si estaba gorda, aunque algo de panza debía de tener, sin perjuicio de lo cual, tenía buena pinta, como de actriz encasillada en papeles de abuela ricachona.  Sus pequeños ojos, hinchados y con bolsas, parecían mirar con ternura, siempre desde arriba, como si fueran dos pequeños faros que pretendían iluminar sus carrillos de perro pachón. El pelo, negro y recogido, podría ser pelo o peluca. No era ni guapa ni fea. En las pocas grabaciones que había de ella, no se le oía hablar, a veces asentía a lo que decía El Hijo de la Grandísima Puta; otras veces, cuando aquel bizco le hablaba, La Dama Puta se limitaba a no hacer nada, a mantener una mirada como la de las vacas mirando al tren. 

Villanueva nunca la había visto. No sabía dónde vivía. Le daba lo mismo, en Madrid, si eras una persona normal, si no te metías en líos, se vivía fenomenal. 

Pues así estaban, los dos amigos, pasando los días por aquel Madrid desierto, haciendo tres cosas: dar paseos, tomar algo e ir al cine. También intentaban acometer otra tarea: buscaban alguna mujer a la que intentar engatusar con su mutuo verbo culto o cultureta, con sus sensibilidades averiadas y con su pinta de no haber roto un plato en su vida, cuando habían roto lo más grande. La gente volvía a ir a los bares, que ya nunca se llenaban. Ni falta que hacía. Mucho mejor así. Madrid, en los últimos momentos antes de que se muriera todo el mundo, se había convertido en una ciudad insufrible, mezcla de personas irresponsables en bici y patinete, un tráfico infernal, turistas estrafalarios y mal vestidos, carteristas, falsas pitonisas, mendigos al servicio de mafias de rumanos o búlgaros, ciudadanos, en su gran mayoría, maleducados, enfadados e incompetentes, funcionarios de policía despóticos y altaneros, obras inútiles y destinadas al enriquecimiento inmoral de personas de mal vivir, calor asfixiante, restaurantes con la música a toda potencia, en los que comías a veinte centímetros de la mesa de al lado, al módico precio de cien euros por persona y a cambio de bazofia, casas solo al alcance de seres humanos versados en la explotación laboral consentida por las autoridades y/o en delitos contra la Hacienda o contra la salud públicas, y, para rematar, un Santiago Bernabéu convertido en un instrumento de tortura para sus vecinos (muchos de los cuales, por cierto, merecido se lo tenían, por razones que aquí no vienen al caso), como símbolo de la inmundicia moral, impunidad de los poderosos y estolidez generalizada. Esto acabó siendo Madrid, un auténtico asco.

A pesar de todos los cambios, Óscar y Villanueva seguían siendo torpísimos para ligar, así que se dedicaban más a los paseos, a emborracharse y a ir al cine. Y sí, aquel día, cuando estaban en el cuarto de baño del cine, asegurándose de que aguantarían entera, sin moverse del asiento, la décima película de Tarantino (que duraba cuatro horas y que iban a ver por enésima vez) sonó el teléfono de Villanueva. Raro, él no tenía a nadie. El caso es que, al segundo, sonó el de Óscar. También raro, porque su mujer no solía llamar nunca a esas horas. No era el sonido propio de una llamada. Fue como un pitido fuerte. Ambos fueron a coger sus respectivos teléfonos a la vez, con un resultado desigual. A Villanueva se le cayó al retrete. Nunca fue un as en la motricidad fina, y era regular en la gruesa. Le dio igual. Pensó que hasta le vendría bien, reduciría su melancolía ante su más que patente soledad. El de Óscar, en cambio, se apagó al segundo de que pudiera ver el mensaje que aparecía en la pantalla.

—¿Qué era eso? - preguntó Villanueva, mientras, escudriñando los estragos que el agua del retrete hacía en su ya destruido móvil, rememoraba en su cabeza lo caliente que, en su reprobable y patética vida anterior, se ponía mandando mensajes subidos de tono a mujeres con las que no debía mamonear.

Óscar, muy intranquilo, algo raro en él, respondió con la voz entrecortada.

—Solo me ha dado tiempo a leer: Graves disturbios en Madrid. Los Sucesores de la Dama Puta… El mensaje seguía, pero no he podido leer más.

—Josús - aportó Villanueva, sin ser capaz, en se momento, de decir mucho más.

Se quedaron unos segundos en silencio. Villanueva, que, algo había que reconocerle, podía, a veces, pensar rápido, hizo una propuesta:

—Vamos a ver la peli. Qué más nos da. No puede haber disturbios, si en esta ciudad ya no queda casi nadie. Tampoco a nadie le importamos tú y yo. Si es algo grave de verdad, ya lo veremos por la calle, y pensaremos qué hacer.

—Pero escucha, Luis, a ver si al salir nos encontramos una historia seria y tenemos un problema o, sin rodeos, la palmamos - repuso Óscar.

—¿Te importaría mucho eso? - preguntó Villanueva.

Óscar se partió de la risa. A mí no, dijo, pero me gustaría volver a ver a mi familia. Mi familia, su familia. Dónde quedaría todo aquello que tanto anhelé sin saberlo.

—Pero, en todo caso, llevas razón en que no será para tanto. Somos cuatro gatos, es verdad. Vamos a ver la peli - concluyó Óscar.

Entraron en la sala. Les pareció que estaba vacía, como casi siempre, así que se sentaron donde les dio la gana. Vieron unos tráileres sobre películas realistas francesas de los años sesenta. Las distopías como que ya no interesaban mucho, mejor ver reposiciones sobre matrimonios de burgueses que practican el aburrimiento y el adulterio. Cuando acabaron los tráileres escucharon una musiquita monótona, que venía del fondo de la sala. Miraron hacia atrás. Una lucecita parecía salir de un asiento.

Ambos se levantaron y se acercaron a ver qué podía ser aquello. No era nada emocionante, pero sí desconcertante: había un crío de unos diez años jugando a un videojuego, sentado en la última fila.

—Disculpa, ¿puedes bajar la música? Va a empezar la película - dijo Villanueva, que se preciaba de ser muy educado.

El niño pausó la partida y miró hacia donde estaba Óscar y Villanueva. Sí, claro, señores, discúlpenme. Anda, mira qué buenos modales. Así da gusto.

—¡Coño!, Pablito, soy Óscar, tu vecino - dijo Óscar, sonriendo -. ¿Pero qué haces aquí solo?

—Mis padres han ido a ver a mi abuela. Mi abuela es mala. Regañona y tiquismiquis. Les he dicho que me dejaran en casa de mi amigo Manuel. Lo cierto es que no es mi amigo, es pegón y consentido. Comparte mal sus juguetes. Pero me guarda las mentiras porque sé cosas feas de él. Así que, he subido a casa de Manuel y, cuando he visto por la ventana que mis padres se iban, le he dicho que tiene el pelo muerto y me he venido aquí a jugar a Stumble Guys. 

A pesar de ignorar qué era eso de Stumble Guys, los dos amigos se sintieron conmovidos por aquellas revelaciones, por lo que se vieron en la obligación de actuar con civismo.

—Pablito, no está bien que un niño esté aquí solo, puede pasarte algo. Vete a casa, por favor - ordenó Villanueva.

—Espera, no se puede ir solo ahora - terció Óscar, señalando su móvil con el dedo, con intención de que Villanueva tuviese en cuenta los disturbios, que constituían un escenario poco adecuado para que un niño pequeño anduviese solo por la calle.

—¿Lo dices por lo de los Sucesores de La Dama Puta? - preguntó Pablito, sin ápice de miedo o inquietud.

—¡Niño! No digas tacos - se escandalizó Villanueva.

—¿Pero cómo quiere que lo diga? - repreguntó Pablito, cargado de razón.

—A ver, no nos perdamos en cosas sin importancia - intervino Óscar, con sensatez -. Pablito, no tenemos móvil, déjanos el tuyo, por favor, para llamar a tus padres. Vamos a decirles que vengan a buscarte. Mientras, no mires a la pantalla y tápate los oídos, esta película es muy violenta y los personajes dicen tres palabrotas por frase.

—No te preocupes Óscar, mi padre es un taquero. Además, no les puedo llamar, este móvil tiene internet, pero no puedo hacer llamadas por teléfono, mi padre dice que eso ya era muy caro.

La vacuna no eligió a sus víctimas en función de la inteligencia, pensó Villanueva, con tino.

—Bueno, pues si no podemos llamar a tus padres desde tu móvil, vamos a intentarlo desde algún teléfono que haya aquí - propuso Villanueva. 

Óscar y Pablito aceptaron con mansedumbre. Pablito era un niño bueno y más listo que sus padres.

Salieron los tres de la sala y se dirigieron a la taquilla, donde un señor amorfo, mal afeitado y con ojos de huevo les dijo en un tono casi inaudible que el único teléfono que había en el cine era el teléfono rojo antiguo que había en el antiguo bar. Parece mentira que un señor tan antiguo diga tantas veces antiguo. El antiguo bar era, más que antiguo, antediluviano, ya que el cine, antes llamado Cine Paz, era uno de esos de barrio, casi todos los cuales desaparecieron a partir del año 2010, para ser sustituidos por salas pertenecientes a grandes cadenas de exhibidores, careros y cabrones a partes iguales. Los viejos cines habían resucitado, ante la más que evidente reducción de espectadores y, por tanto, menor necesidad de aforo.

—Ese teléfono no funciona ni de coña - profetizó Pablito.

—Que no digas palabrotas, hombre - insistió Villanueva.

No se equivocó Pablito. Esto no va, y ahora qué hacemos. El rostro de Villanueva se ensombreció, como cuando las mujeres le metían el codo tras una faena digna. Pues Pablito, te vienes con nosotros, vamos a mi casa y esperamos allí a tus padres. Parecía la mejor opción. Pedirle a un niño que estuviera cuatro horas con los oídos tapados no era realista. Óscar y Villanueva no querían contribuir a que Pablito se siguiera sintiendo legitimado para ser tan malhablado como su padre. Así que salieron a la calle. 

No notaron nada extraño de primeras. Todo tranquilo y casi vacío, como siempre. Ninguna escena de guerrilla urbana. Ni contenedores que aparecen ardiendo de manera súbita, ni multitudes rompiendo escaparates mientras enarbolan antorchas, metralletas o palos con pinchos. Todo normal. Óscar y Villanueva respiraron. Pablito se conectó a Internet. Las noticias no eran tan tranquilizadoras. Se decía que se había desencadenado una batalla a muerte entre los Sucesores de La Dama Puta, a buen seguro porque esta había muerto, no quedaba claro si asesinada, por causas naturales o por un accidente doméstico o callejero. La batalla estaba teniendo lugar en la Plaza de España, donde, al parecer, hasta se escuchaban tiros.

La Plaza de España estaba más o menos cerca de donde estaban. Óscar empezó a mostrarse nervioso, tenían que llegar a la calle Fernando el Santo, donde vivía con Guzmán, en su anterior despacho. 

—A ver si nos vamos a encontrar el lío con el niño - le dijo al oído a Villanueva, quien se limitó a poner una cara indescifrable. 

Pablito abrió un vídeo en Instagram. Podía verse a El Hijo de la Grandísima Puta con una pinta parecida a la que llevó Zelenski durante aquella guerra tan extraña que montó Putin. Miraba a la cámara. Con solemnidad y una limitada capacidad de expresión oral, dijo: algunos Sucesores de La Dama Puta la están liando. Esa es la realidad. Es una barbaridad. Les digo que paren, que paren ya. Conocen el sistema de sucesión que tenía prevista nuestra Dama. Respetadlo, por favor, no os queráis hacer con el poder por la fuerza. Pido a todos los ciudadanos que se queden en sus casas. Los Sucesores levantiscos son muy violentos. 

El vídeo se cortaba ahí. Le han debido escribir la palabra levantisco, me parece a mí.

Pablito empezó a darle hacia abajo con el dedo, lo que provocó, de una forma casi mágica para Óscar y Villanueva, que empezasen a sucederse otros vídeos cortos en los que, en efecto, la Plaza de España parecía, como mínimo, un lugar a evitar. Villanueva se sintió intranquilo, no pudo evitar anticipar qué podría pasar en Madrid si alguno de esos animales de bellota acabase sustituyendo a la beatífica Dama Puta. Vamos a darnos vida.

Las noticias debían estar extendiéndose, porque empezaban a aflorar situaciones extrañas. Un matrimonio mayor cruzó a toda velocidad la calle Fuencarral, en un cochecito de tamaño ridículo, tan pequeño que parecía de mentira. ¿De dónde puñetas habrá salido eso? Eso sí, cuando llegaron al semáforo en el que esperaban Óscar, Villanueva y Pablito, el cochecito frenó en seco y los abuelos les dieron paso. La señora bajó la ventanilla y, de forma inopinada, contó que se llevaban víveres al pueblo, por lo que pudiera pasar. 

—Señora, si en ese coche no cabe nada - dijo Óscar, a quien le costaba callarse las obviedades.

—Tiene mucho más maletero que lo que parece. Apártense, que hay prisa - respondió el conductor, al tiempo que quemaba rueda.

—Habrase visto - rezongó Villanueva, dando un paso atrás y tirando del brazo de Pablito.

Dos lesbianas, una en brazos de la otra, corrían despavoridas hacia ninguna parte. Un chino se fumaba un cigarro en la puerta de su negocio como si tal cosa. Dos perros callejeros jugaban con un palo. Un calvorota forzudo y con barba, de esos de los que antes se veían muchos, transportaba una bombona de butano en cada hombro. Algunas tiendas cerraban de forma apresurada. Un gordo paseaba haciendo ostentación de sus lorzas y de su escopeta. Dos Putitos andaban agarrados, uno cojeaba, el otro sangraba.

—Vamos a darnos vida - dijo Villanueva, que, ya está dicho, era tonto y malo, pero no podía soportar ni siquiera la posibilidad de que un niño sufriese -. Lo estoy pasando fatal.

Óscar ya no decía nada, andaba rápido mirando hacia atrás de vez en cuando. Estaba en alerta, pero parecía ya más tranquilo. A Villanueva le extrañó no entender las reacciones de su amigo. En algunos tramos, Óscar, Villanueva y Pablito corrieron. Óscar le quitó el móvil a Pablito, porque las noticias eran cada vez más inquietantes. Villanueva se repetía que no podía ser para tanto, se decía eso todo el tiempo, si no queda nadie aquí ya. Cansados y con el miedo en el cuerpo, consiguieron llegar a Fernando el Santo. 

Subieron las escaleras. Había mucho silencio. Óscar empujó la puerta, con cuidado. Guzmán dormía con placidez en el sofá, en la televisión estaban poniendo una película del oeste. Óscar indicó a Villanueva y a Pablito un sitio para sentarse. Acto seguido, cogió el teléfono fijo y le pidió a Pablito que le diera el número de sus padres, o el de la casa de su abuela. Tras varios intentos, Óscar localizó a los padres de Pablito, que aún seguían en casa de la abuela, en la calle Leganitos. Óscar escuchó a la abuela refunfuñar, hablar en mal tono, salió de la habitación lo que le permitió el cable del teléfono y, a los pocos minutos, volvió a entrar; despidiéndose de su interlocutor, colgó y volvió a marcar.

—David, ¿puedes venir a buscar a mi vecino y llevarlo a la calle Leganitos? Al piso que te diga él. Sí. Está dormido. De acuerdo, le digo que te acompañe, por supuesto. Guzmán, Guzmán.

—Qué. Ah, hola, buenas tardes, Luis, qué tal.

—Pues mal.

—Hombre, Pablito, cómo tú por aquí.

—Pues ya ves, mis padres, que son unos parguelas.

—Eso no es novedad.

—No te metas con los padres del niño.

—No digáis tacos.

—¿Quién coño ha dicho un taco?

—Lo ha dicho él, el taco, y referido a sus padres.

—Parguela no es un taco, cojones.

—Me da igual.

—A ver, haya paz. Guzmán, ¿puedes acompañar a David a llevar a Pablito a casa de su abuela?

—¿La bruja esa barbuda, huesuda y desdentada?

—Era muy guapa de joven.

—Cómo lo sabes.

—No viene al caso.

—Pues ha envejecido fatal.

—No todas pueden ser Helen Mirren.

—Me habré hecho fácil ciento cincuenta pajas pensando en ella.

—¿En la viejarraca esa?

—No, hombre, no. En Helen Mirren.

—Ah, vale, menos mal.

—Hay que respetar los gustos de todos.

—Y luego que el niño no diga tacos.

—¡Que esto no viene al caso!

—Perdón.

—Perdón.

—¿Ciento cincuenta? Estás como una cabra.

—¡A mí no me…!

—Joder. Por favor, sí, hay que llevar a Pablito a casa de la bruja. Hay lío.

—¿El lío que…?

—Silencio, hombre.

—Ah, sí, perdón. Hay lío.

—David conserva la pistola de la época en la que era policía. Conduce fenomenal. Sabe defenderse y tiene intuición. Los padres están atrincherados en la casa de la abuela y se van a quedar ahí hasta que se acabe la batalla esta dichosa. Así que no pueden salir. La arpía tenía rifles en casa, de su difunto y nefasto marido. 

—¿Pero no será mejor que se quede aquí Pablito hasta que pase el temporal? Sacar a un niño de aquí, que estamos seguros, para llevarlo a la trinchera no me parece muy buena idea.

—Por mí, a los tontos del culo de mis padres, que encima son asexuales, que les den.

—¡Niño!

—Que sí, si estoy de acuerdo, pero es lo que me han dicho sus padres. Que no se van a mover de ahí, que tienen comida, agua, armas y munición de sobra para aguantar varios días. Que lo que no tienen es coche, que hasta aquí andando hay mucha distancia y que les debemos el favor porque no les pagamos la renta desde hace dos años.

—Sí que son ruines, sí.

—Pues no se hable más. Les he dicho que, a cambio de esto, nos perdonan la renta. Perdona, Pablito, son tiempos extraños.

—No pasa nada. Además, son tacaños, lo tienen todo.

—Siempre has sido un abogado de puta madre. Demasiado bueno.

—Venga, ya está, voy a tomarme un whisky mientras llega David.

Llegó David, que apremió a Guzmán y a Pablito. Salieron rápido. Villanueva miró por la ventana y vio cómo los tres se marchaban en un coche con un volante naranja, qué horterada, por el amor de Dios. 

Cuando por fin se quedaron solos, Óscar se sentó al lado de Villanueva, le dio una palmada en el muslo. Se levantó, puso música, se sirvió otro whisky y le preparó a Villanueva una ginebra con limón. Después, puso su móvil a cargar. Cuando se encendió, Villanueva, que era tan discreto porque tenía una pulsión irrefrenable de saberlo todo, y prefería ser condenado a barrer en un depósito de sulfuro antes que convertirse en un cotilla, apartó la vista de la pantalla del móvil de Óscar, no sin apreciar antes cómo aparecía una ristra de mensajes del mismo número. Óscar no hizo caso de aquello y se volvió a sentar al lado de Villanueva.

—¿Cómo es que estás tan tranquilo? Según parece, La Dama Puta ha muerto. Qué va a pasar ahora. Estoy acojonado perdido, lo reconozco, morirme me da igual, pero que esto se convierta en una película de Apocalipsis de verdad, con gente de esa que va en todoterrenos de grandes ruedas decorados con cráneos humanos, no me hace ninguna gracia. Me traumó mucho leer La carretera, Óscar.

Ya sabíamos de estos miedos de Villanueva, que visualizó en la incomparable Mad Max: Furia en la carretera. Sed testigos, se repitió.

—Tranquilo, hombre, eso no va a pasar. 

—¿Cómo lo sabes? 

—Bueno, escucha, niño… 

Óscar puso cara de piedad, casi de conmiseración.

Óscar abrazó a Villanueva, metiéndole un poco la cabeza debajo del sobaco. Verás, coge mi móvil, cuando yo me vaya, empiezas a grabar un vídeo y dejas el móvil encima de la mesa. Luego, cierras los ojos.

Villanueva confiaba ciegamente en Óscar. Hizo lo que le dijo. Pasaron unos quince minutos. Oyó que Óscar volvía. 

—Ahora, coge el móvil y apunta hacia donde oyes mi voz.

Eso mismo hizo Villanueva.

—Abre los ojos.

La Dama Puta. Estaba delante de sus enormes y desagradables narices. Pero cómo es posible.

—Es posible porque La Dama Puta era yo.

Villanueva se quedó paralizado. Si no fuera porque no se había desmayado nunca, salvo aquel día que después de una cagalera del infierno se cayó redondo al suelo en el cuarto de baño, habría hecho un agujero en el suelo. Pero de eso hacía muchísimos años, en esa otra reprobable y patética vida. Nunca se había desmayado por un impacto emocional. Esta vez, sin embargo, con gusto lo habría hecho.

Ahí estaba La Dama Puta, no cabía ninguna duda, pero de La Dama Puta salía la voz de Óscar. Tardó unos segundos en procesarlo. Las palabras resonaban con fuerza en su absurda cabeza: La Dama Puta era yo. O sea, no es que sea su voz hablando a través de un aparato en La Dama Puta, es que es La Dama Puta.

—Soy yo, Luis. Soy Óscar. La Dama Puta soy yo.

Villanueva se recostó en el sofá y se quedó callado, pero, por un impulso mecánico, seguía apuntando con el móvil donde estaba La Dama Puta, que le dijo Luis, graba el vídeo, es urgente, luego te cuento. Villanueva apretó el botón rojo.

Ciudadanos de Madrid. Estoy viva. Esos mal llamados Sucesores míos, que han desenvuelto actos intolerables de violencia, ya han sido ejecutados. Los disturbios han terminado. Vuelvan a hacer su vida normal. Me hago responsable personalmente de la seguridad de todos ustedes, como siempre he hecho. No tolero la violencia, salvo como último recurso ante quienes solo entienden su lenguaje. Viene otra época de paz y tranquilidad para todos los madrileños. Estén tranquilos y disfruten.

Óscar cogió el móvil de la mano rígida de Villanueva, quien se recostó en el sofá en posición fetal. Óscar hizo algo con su móvil y luego se lo tendió a Villanueva. Mira, lee estos mensajes. Villanueva abrió un chat de WhatsApp con el número que antes había visto en la pantalla del móvil de Óscar. El último mensaje era el vídeo que acababa de grabarle a La Dama Puta. Antes, podía leerse lo siguiente, que aquí se transcribe con corrección lingüística, ausente en aquellos mensajes, que estaba escritos con un claro estilo ingenieril: todo en orden, los violentos, fritos, los demás que han participado, presos y listos para la tortura; como era de esperar, la única que se ha quedado en casa ha sido Goretti, que ha estado todo este tiempo guisando, ordenando armarios, acariciando a su gata y preocupada por tu destino con sinceridad; también ha clamado contra los demás, por su avaricia y maldad. Tras ello, ha hecho una reflexión general sobre la injusticia. 

Óscar encendió la televisión. En las noticias, un hombre encapuchado, bajito y fortachón, armado con un rifle, desde un coche blindado, de esos que ya se pensaba que solo salían en las series hollywoodienses de acción de los dos mil, circulaba por la Plaza de España matando a todo aquel que participaba en la que se llamó, en efecto, y más adelante, La Batalla de los Sucesores de la Dama Puta. A Villanueva le resultaron familiares esas risas tan histriónicas y a destiempo.

—El que llamamos Hijo de la Grandísima Puta es un personaje raro, problemático, atrabiliario, malvado y, quizás, con un trastorno del desarrollo no diagnosticado. Pero es muy inteligente y leal, además de un genio de la tecnología y consumado tirador, como has podido comprobar. Detectamos que había algunos de esos que llamáis mis Sucesores que querían instaurar una dictadura iliberal, violenta y arbitraria en Madrid. Filtramos que yo había muerto. Lo demás era coser, cantar y esperar. Los que tienen ansia de poder aprovechan el vacío para, a la mínima, lanzarse a por todo. Somos previsibles y primitivos. Estamos hartos de hablarlo.

Villanueva se incorporó del sofá y, mirando a La Dama Puta, le dijo, con admiración y cariño, eres un actor inmejorable. No te creas, quería que viéramos la película porque el Hijo de la Grandísima Puta lo tenía todo controlado, así tú no sufrirías, pero lo de Pablito me ha descuadrado y, de verdad, he pasado miedo por si le hacían daño. Ya me ha dicho David que han llegado. Qué asco de padres. Sí.

¿Y cuando tú faltes qué va a pasar?

Hay personas que tienen el mismo superpoder que tengo yo. Que es que tengo todo el poder, y no soy apegado a ello. Eso me hace invencible. Con esto me he librado de los ansiosos. El ansia es muy mala, ya lo decía tu tío, el sabio. En los momentos en los que los ansiosos se retratan, se puede encontrar a personas con mi superpoder.

—Goretti.

Exacto. Me encanta. Bajita, guapa, con unas tetas como mi cabeza, atractiva, con el culo macizo y con pelo de anuncio de champú de bebés. Hubo una época en la que se arreglaba mucho. Se ponía medias finas, faldas cortas, camisetas ajustadas con las que se le transparentaba el sujetador negro, y zapatos de tacón. Me ponía cachondísimo e imaginaba cómo serían sus pezones, nunca los vi. Añoro eso. Es buena. Mientras todos los demás Sucesores se han estado matando por ocupar mi lugar, ella se ha quedado como Thanos, guisando unas semillas recolectadas en su planeta lejano. Cuando yo falte, ella asegurará el bienestar de todos.

—Si tú no seguías lo de Marvel.

—Era por animarte un poco, hombre, y para que veas que te escucho.

—¿Y cuando falte ella?

Pues no lo sé. Si no encuentra a nadie con el superpoder… Todo volverá a ser la misma mierda de siempre. Pero entonces, tú y yo estaremos muertos. 

Villanueva lloró un poco.

Venga, vamos a ver si nos ligamos a unas tías. El Hijo de la Grandísima Puta se encarga de todo.