El Banquete
Santos Sabugal
El sol se ponía en la ciudad de Adrianópolis, en el corazón del imperio, tiñendo de naranja y amarillo los blancos techos de las casas. Desde lo alto de las murallas, el emperador Miguel IX de la noble dinastía de los Paleólogos observaba con irritación al grupo de jinetes que acababa de llegar. Ni se molestó en ocultar su asco hacia esos…bárbaros. No había otra palabra para ellos.
Vestían pantalones de cuero desgastados y manchados, y los pocos que se cubrían los torsos y las espaldas lo hacían con chalecos de lana descoloridos. El tufo que desprendían rondaba lo insoportable. Era más fácil verlos como mendigos o leprosos que lo que eran en realidad: los capitanes y líderes de la Gran Compañía Catalana. Los mercenarios más importantes en el Mediterráneo y, en los ojos de la cristiandad, el terror de los turcos y los salvadores del Imperio Romano de Oriente.
“Y lo peor que le ha sucedido al imperio desde Manzikert” se dijo el emperador mientras les recibía desde las murallas, forzando la sonrisa y levantando los brazos en bienvenida.
—Os esperábamos hace días, De Flor. ¿Os entretuvisteis saqueando mis tierras y esclavizando a mis súbditos otra vez?
El hombre al frente de la compañía, el único que vestía ropajes vagamente apropiados y cuyo olor era hasta soportable, se quitó su sombrero extravagante y, sin bajarse del caballo, hizo una reverencia llena de sorna sin quitarle los ojos de encima al emperador. Roger de Flor no se disculpó, limitándose tan sólo a dar la mejor de sus sonrisas al emperador.
—No sé cómo son las costumbres en Sicilia o en Aragón, pero aquí es costumbre de los nobles y vasallos ser puntuales cuando su emperador les invita a un banquete— siguió el emperador mientras un ligero temblor se instalaba en su ojo izquierdo,
—Las costumbres cambian, mi emperador— le respondió el hombre con ironía. —Hace no muchos años, por ejemplo, era también costumbre vuestra perder contra los turcos y pagarles tributo. Y ahora son ellos los que os rinden pleitesía, gracias a nosotros.
Miguel hizo cuanto pudo para guardar la calma y sonreír, a pesar de que las venas de su frente se hicieron visibles y que apretaba los puños tanto que sus nudillos se volvieron blancos. No sabía qué le ofendía más, los insultos o la sonrisa burlona de ese sanguinario.
“Calma, hemos de tener calma y paciencia.”
—Y os damos las gracias por vuestros servicios, por supuesto, mi querido De Flor— respondió el emperador, sonriendo e inclinándole la cabeza en respuesta. —Abrid las puertas a nuestros héroes, y dadles la bienvenida que se merecen.
Mientras los jinetes entraban a la ciudad y todo Adrianópolis se llenaba de gritos de júbilo, el emperador echó a caminar hacia la fortaleza en compañía de sus pelekyphoroi, sus “portadores de hacha”, gigantes de pelo rubio y espaldas anchas, venidos de las tierras del lejano Rus para servir a los emperadores de Constantinopla como guardia personal hasta la muerte.
—Vikar, ¿cómo van los preparativos para el banquete? —preguntó al capitán de aquellos temibles guerreros.
—Todos en posición y a la espera de órdenes, mi basileus.
—Perfecto— dijo el emperador mientras se le escapaba una sonrisa. —Que pongan más incienso en la sala. A duras penas puedo soportar el hedor de estos cerdos desde aquí.
Durante el banquete se sirvieron los mejores manjares de allende el imperio, y los vinos más exquisitos del Levante y de Italia. Estaban presente docenas de eunucos y cortesanos bizantinos y, muy a pesar de la corte imperial, todo el contingente catalán, con De Flor sentándose a la derecha misma del emperador.
Los catalanes disfrutaban del banquete como bestias y bárbaros, ensuciando los suelos, tirándose la comida, agarrando las posaderas de las criadas y cantando en esa lengua áspera y gutural suya, un triste vestigio de civilización que sobreviviera a la caída del imperio en Occidente.
De Flor, en cambio, mostraba una imagen muy diferente a la de sus compatriotas. Él no cantaba ni festejaba, y sus movimientos y miradas eran extremadamente calculados. Bebía con moderación y sonreía con educación a los miembros de la corte, y había adoptado con rapidez los modales típicos de la nobleza. Miguel lo observaba con atención, sin mediar palabra, dejando que sus eunucos y cortesanos fueron los que le elogiaran.
“No se puede permitir otra actuación delante de mi corte, por supuesto”. Según los rumores, el que más incitaba a los almogávares al saqueo y pillaje del imperio era el mismo De Flor, que siempre buscaba una ventaja más para aumentar su influencia. Sirviéndose de tales artimañas y de su innegable habilidad militar, consiguió hacerse proclamar Megas Dux de Anatolia y Caesar del Imperio. Llegó incluso a exigir (¡exigir!) la mano de la prima de Miguel, la hija del Zar de Bulgaria, en matrimonio. El emperador no pudo sino apretar los dientes y forzarse a calmar su respiración al pensar en tales insultos.
Después de varios cánticos vulgares y malgastar buen vino, los capitanes almogávares empezaron a brindar entre ellos, algunos de pie sobre las mesas, otros alzando sus brazos torpemente, demasiado borrachos para poder levantarse de sus sillas.
“Ahora”.
El emperador se levantó con la copa en mano, haciendo callar a todos los presentes y abarcando con la mirada a todos los invitados del banquete.
—Queridos amigos y vasallos, propongo un brindis: por nuestros… primos aragoneses, venidos por la gracia de Dios Todopoderoso para hacer frente a las hordas de las tribus turcas— a las palabras del emperador les siguió un gran grito de gloria por parte de los mercenarios.
—Por el Caesar, Roger de Flor, protector de la fe, y sus hazañas en Geme, Aulax y en el Monte Tauro— prosiguió el emperador, con los gritos de los almogávares haciéndole eco al nombrar sus victorias. Miguel miró en dirección a De Flor, que le hizo una reverencia, ajeno a los guardias que se le acercaban por detrás.
—Sí, brindemos por ellos. Brindemos para que sus cánticos no vuelvan a oírse en nuestro querido Imperio, para que su hedor no vuelva a llenar nuestras ciudades— ahora los gritos de júbilo no siguieron a las palabras del emperador, y poco a poco el silencio llenó el gran salón, roto tan sólo por las palabras de Miguel y el caminar de los guardias.
—¡Brindemos! Por el fin de los saqueos, de las violaciones y las humillaciones. Y para que el mundo no olvide que ningún hereje ni sucio mercenario campesino puede dar órdenes y hacer exigencias a un emperador— ahora, al discurso del emperador sí le siguieron gritos, pero esta vez de angustia y dolor, mientras las hachas de sus guardias caían en los cuellos y cabezas de los mercenarios.
Miguel bebía con regocijo, viendo como un cuchillo degollaba a De Flor sin que pudiera defenderse. El gran salón se convirtió en una carnicería, con los mercenarios demasiado ebrios como para defenderse o huir de los guardias imperiales. El emperador volvió a sentarse sin quitar ojo a De Flor, viendo como la vida abandonaba sus ojos.
Al terminar la purga, después de que todos los cortesanos y eunucos se retirasen atemorizados, el emperador siguió sentado en su silla, bebiendo de su copa, con la mirada fijada en el cadáver de Roger De Flor tendido sobre la comida. Tardó en darse cuenta de que estaba respirando con dificultad, con los ojos muy abiertos, esperando que, de alguna forma, el catalán se irguiera para darle muerte y llevarle al infierno con él.
Su mente siguió traicionando a sus sentidos, y el emperador encadenaba copa tras copa, bebiendo el vino en largos sorbos. Cuando la vista se le puso borrosa y la cabeza le daba vueltas y sentía la piel quemándole, volvió a mirar a De Flor, pero esta vez el mercenario se encontraba de pie, con la cabeza colgándole hacia atrás. El emperador miraba horrorizado mientras el cadáver alargaba la mano hacia atrás y tiraba de la barba, encajando la cabeza de nuevo en su sitio. Entonces, De Flor alzó el brazo y le señaló, y caminó hacia él mientras intentaba hablar, pero el puñal cortó tan profundo en su cuello que le cortó las cuerdas vocales y de su boca solo salían sangre y ruidos guturales.
El emperador de los romanos, el sucesor de Augusto y Trajano, el elegido por Dios para unificar de nuevo al Imperio, empezó a temblar de miedo mientras se tapaba los oídos para no oír a De Flor. Cuando estuvo a escasos pasos de él, Miguel cerró los ojos con fuerza y empezó a rezar a todos los santos, deseando que esa locura acabara. Pero ahora la voz del catalán resonaba en su mente, acallando toda súplica de piedad que daba Miguel.
“Reza cuánto quieras, pero Dios te ha abandonado, Miguel. Has matado a un invitado bajo tu propio techo.” El emperador abrió los ojos, horrorizado, y vio como De Flor le sonreía con los dientes manchados de sangre. “Pero cometiste un error, Miguel. No has matado a todos los míos, y te aseguro que cuando se enteren de lo que has hecho, te enseñarán el verdadero significado del terror. Teme la Venganza Catalana, y sé esto: no estarás seguro ni tras los muros de Constantinopla ni en ningún rincón del mundo conocido. Así que, ¡huye! ¡Escóndete! ¡Suplica por tu vida! El infierno te espera, y yo estaré ahí para darte la bienvenida cuando llegues.
