Aún te echamos de menos Lili
Iñigo Navarro
We still miss you Lili. Iñigo Navarro
Están cerrando Madrid y en vez de recrearme en los baños que nos daremos dentro de poco en San Juan, ando preocupado por si Brooklyn se expande como el resto del universo.
Un temor aledaño es el de que alguien me dé una solución y no sea capaz de entenderla, como cuando te llegan las instrucciones de montaje del sillón PÖANG o la mesita KORNSJÖ, en el ranking de los más difíciles de IKEA.
Los pensamientos preocupados son todos primos hermanos.
El tremendismo cósmico es descomunal e indescifrable, pero a pesar de todo, incluso si pudiéramos resolverlo nos quedaríamos un poco igual, quién sabe qué hay después y antes de las explicaciones.
Y así de atribulado me voy a la cama, y al trasponer soy una mujer rubia y explosiva, y una fuerza invisible me ha pegado los labios, y los pies están aferrados a una vía del tren con un Talgo pendular bufando en el horizonte conducido por un gorila, como en un problema prototípico de álgebra.
En otro pasaje del sueño, el sargento de la guardia civil tenía acorralada a la banda de la lógica, a la postmodernidad, al pesimismo materialista y al utilitarismo, en un piso de las tres mil viviendas de Sevilla, y con megáfono en mano razonaba atronadoramente que el ser humano tiene una naturaleza fanática, y que cree constantemente en todo, de forma naturalista, en el DNI, en el espacio público, en el azul de las piscinas, porque sí, sin más explicaciones. Y que ya estaban bajando con los brazos en alto para no empeorar las cosas y llegar a misa de doce.
Cuando te desvelan las pesadillas a las tres de la mañana de julio, la puerta abierta de la nevera es el mejor lugar del mundo, un retablo con naturalezas muertas envasadas y sin envasar. Es el oráculo de las decisiones importantes, ahí se comulga con agua mineral helada, ahí se engendró el plan Bolonia y la ley de Boyle.
Ahí decidí matar a Lilí antes de tiempo.
Lilí es una herencia de una tía segunda de Mindi, pequeña, con la maldad reconcentrada de los chiguaguas viejos y a la que los niños adoran a pesar de su adiestramiento neonazi.
Esa noche quise partirnos el corazón, porque tanto sueño raro, tanta pregunta sensata hacía que se me oprimiera el pecho, y supe sin saber, que la respuesta era llorar a destiempo, como los conversos de “Proyecto Hombre” o los enfermos recuperados de cáncer de páncreas.
Qué bonito y triste sería pintar un aniversario de la muerte de Lili aún en vida, y explicarles a los niños con una calma psicopática, digna de la mejor didáctica Montessori, que la perrita moriría tarde o temprano y que el Cielo no existe. O mejor, que todos somos inmortales, que no moriremos nunca, que el ferry de la laguna Estigia también transporta motos de agua. Que llorar por los muertos es un sentimiento incontrolable que tiene que ver más con la falta de pruebas que con la verdad, y que les juraba por el ciclo de combustión cerrado, que todas las posibilidades del pensamiento estaban superpuestas en Dios, incluso las incoherencias.
La perspectiva y el punto de referencia. Iñigo Navarro
