El arte contemporáneo, un problema de actitud

Museo de arte abstracto español, Cuenca, diciembre de 2025.

No nos dio tiempo ni a pasar a la segunda sala. Ana y Fernando no conocían el museo, pero Aitana y Teresa han estado ya muchas veces, y a mi casi casi ya me saludan al entrar…, así que iba ya con el piloto automático puesto. Que si 1966, que si Zobel y Torner, que si un primer artist-run space, que si el relieve de las paredes, que si esta es la foto de la inauguración, están todos, que si esta escalera está inspirada en la de la tienda de Olivetti en Venecia, inaugurada unos años antes, que si la importancia de que el coleccionista era uno más dentro de la generación de artistas y tenía acceso a las mejores piezas, que si Alfred Barr…

Estábamos en la primera sala, a la derecha de la escultura Abesti gogorra IV, la gran pieza de madera de Chillida. La pareja que había entrado delante de nosotros, más o menos de nuestra edad, que parecían estar de finde romántico en Cuenca, estaban bloqueando la puerta, ella esperándolo a él para subir y él, obcecado leyendo la cartela de la escultura. La leía y se echaba para atrás, hacia la sala, y volvía hacia la cartela. La novia ya no le miraba. Nosotros cinco sí. Miraba la cartela, se volvía a echar para atrás, miraba a la pared, miraba a su izquierda, a la pared de la escalera. Se volvía hacia la novia. Miraba a la pared derecha… y ya, arrebatado de indignación dijo ¡pero de qué van!, ¡pero si no hay nada!. 

Subió la escalera y se perdió con la chica por el museo.

El descojone fue importante. ¡Qué bueno! Ahí el pobre mirando la pared vacía, en una zona con una sola obra, la escultura, y una sola cartela. Qué risa, y qué pena. Hay que ser zote. 

Supongo que, a la larga, al pobre chaval le habrá dado para reflexionar el asunto, y tengo dos teorías: 

La primera es que había terminado, haría pocos días, la novela Obra maestra de Juan Tallón, y claro, ya estaba sensibilizado ante el asunto de las esculturas que desaparecen. Ya se han llevado otra, la leche. En el caso de la novela, basada en hechos reales, la desaparición es aún más disparatada, una escultura de Richard Serra de 38 toneladas custodiada por el Reina Sofía y desaparecida en 2006. Pero la desaparición de una de las obras más icónicas de Chillida y de la colección del museo, en la sala más próxima a la recepción también tiene su punto.

La otra, aunque me gusta menos, creo que puede tener más sentido. En ojos de este pobre chico, si solo respondes a los estímulos que llegan a la prensa o a redes sociales, ¿qué va a haber en un museo de arte abstracto? Plátanos pegados con cinta americana, lienzos en blanco o acuchillados, heces de artista enlatadas, una cabra disecada atravesando una rueda… vamos, un timo. Y como iba a caer en un timo, ya entró al museo en guardia, y a la mínima que se interesó, la primera obra en la que intentó detenerse ya se la había jugado. No había ni empezado el museo y ya estaban vacilando al visitante… 


Es una anécdota tonta, pero tiene un trasfondo que me preocupa y que creo que ejemplifica dos cosas sobre el arte contemporáneo (incluyendo como contemporáneo a los autores abstractos de Cuenca, aunque sean obras de los 50s, 60s y 70s). La primera es que, efectivamente, hay autores que buscan el timo. Nació quizá con el orinal invertido de Duchamp, el primer ready-made, de 1917, y culminó quizá en el 1957 con Mierda de artista de Manzoni. Es un movimiento que da coletazos y que todos los años aparece en prensa por una cosa o por otra, gracias a algún artista provocador en cualquier feria internacional, como el iluminado que pegó aquel plátano a la pared y consiguió venderlo por más de 100.000 dólares, Maurizio Cattelan. Pero generalmente no son timos sin razonamiento detrás, son tiempos fruto de un intento de aprovecharse de la industria del arte, obra de artistas que entienden y denuncian el funcionamiento del mercado intentando deliberadamente ser el peor entre los malos. El chico al que le había desaparecido en la cara el Chillida estaba prevenido, lo podían estar timando, y de esas cosas es mejor darse cuenta pronto.

Pero el pobre (porque sí, pobre, le estoy poniendo aqui de tonto del pueblo…), si estuvo tenso todo el recorrido, negando con la cabeza ante cada provocación por parte de los artistas (me da bastante pena no haberle seguido hasta el cuadro de Canogar titulado Toledo, a ver qué opinaba), lo que está claro es que no disfrutó en absoluto del museo. Y entiendo que no es un museo fácil, especialmente sin contexto previo sobre la historia e importancia del museo, pero como mínimo hay que salir por la puerta diciendo que te ha espantado todo menos la sala principal, pintada de blanco de techo a suelo, con los balcones de madera de la casa colgada abiertos hacia la hoz del Huécar. Pero supongo que si le hubiésemos entrevistado a la salida no le habríamos podido sonsacar ni eso. Y obviamente no considero que el problema sea de conocimiento ni de sensibilidad ni de nada aprendible que el pobre chico necesariamente no tuviera, lo que me preocupa es que es un problema de actitud, de actitud ante el arte contemporáneo. Y lo veo en gente de todos los perfiles, para intentar acercarte al arte contemporáneo necesitas curiosidad, esa predisposición casi cotilla a querer mirar, o si no, estás perdido.


Feria ARCO, marzo de 2026.

Uno de los logros de la revista, a punto de cumplir el primer año, ha sido el de aparentar ser un proyecto lo suficientemente serio y sólido para pasar el proceso de filtrado del equipo de prensa de ARCO y haber conseguido acreditarnos para cubrir la feria. 

ARCO es un contexto muy propicio para probar aquello de que la clave es la curiosidad. Gran parte de las obras que sacan todos los medios y que encabezan las columnas de opinión sobre la feria y sobre el vil espectáculo del arte contemporáneo son precisamente escandalosas por falta de contexto, y porque buscan serlo, buscan llamar la atención para tener una tribuna en la que transmitir el mensaje del artista. Este año todos los periódicos publicaron esa semana fotos de las obras de Kubra Khademi, la artista que se ha llevado la palma a la más mediática de esta edición. Sus cuadros representan orgías entre mandatarias políticas: Merkel, Kamala Harris, von der Leyen, Sheinbaum, Hillary Clinton o Jacinda Ardern entre las implicadas.

Cuando pasé por delante la primera vez, con Lucía, paré a hacerle la broma de que si quería un lienzo 2x2 de la Merkel desnuda, para encima de la chimenea. No había mucha gente, y de detrás de una pared salió el galerista, de la galería Eric Mouchet, a decirnos que si queríamos saber de qué trataban las obras. Por supuesto, y nos explicó que cuando los estadounidenses abandonaron Kabul, la artista, afgana condenada a vivir lejos de su país, mandó cartas a una larga lista de representantes políticas feministas, liberales y de elevado peso político, para hacerlas ver desde dentro el horror que iba a resultar para las mujeres afganas la nueva situación en su país, ahora bajo control talibán. Ninguna contestó. Y como artista, la autora usa sus medios, la pintura y la performance, a modo de venganza, y para exponer su visión del mundo como refugiada,  a través de cuadros y performances en los que limpia la espalda y enjabona a estas líderes. Denuncia, así, que puede llegar a ser su empleada doméstica o su masajista, pero no recibir una contestación a una carta, de mujer a mujer.

Esta y otras historias, así como estos cuadros (que no puedo decir que me encantaran) y otros muchos (que sí me encantaron), los soy capaz de disfrutar gracias a la curiosidad, a decir o pensar a priori en afirmativo. 

Amigo indignado, si quieres disfrutar la próxima vez de un museo, de una galería, si te aventurases a ir a ARCO, creo que con cambiar la actitud sería suficiente para salir de allí admitiendo que no ha estado tan mal, y que ese cuadrito pequeño de Chillida era ideal para mangarlo y ponerlo en casa.