Alcaraz o el instante en que nacen los héroes
Alfonso Gomá
Ilustración Carmela Liaño
“Entonces de nuevo al Tidida Diomedes Pala Atenea
infundió furia y audacia, para que destacado entre todos
los argivos se hiciera y alzara con noble gloria”.
Las injerencias de los caprichosos dioses en el devenir de los hombres son frecuentes en la tradición griega. Algunas de sus intervenciones consistían en otorgar a un mortal predilecto las facultades que de normal estaban reservadas a las divinidades. Precisamente eso es lo que hace Atenea en favor de Diomedes en los versos extractados, con los que se inicia el Canto V de la Ilíada (en la traducción de Emilio Crespo Güemes). Efectivamente, Diomedes, tal y como se narra a lo largo del canto, combatió con una superioridad y un vigor tales que su acción quedó grabada en la memoria de quienes la presenciaron [Así se atropellaban bajo el Tidida los densos batallones de Troyanos, que, a pesar de su número, no resistían el ataque]. En ese instante, Diomedes se convirtió en un héroe. Y lo hizo porque, en una situación de gran tensión e incertidumbre –el desenlace de la guerra entre aqueos y troyanos todavía estaba abierto–, fue investido de una fuerza que parecía traspasar las limitaciones humanas, adquiriendo su gesta dimensiones colosales.
Esos dos elementos son los que forjan un héroe: una situación decisiva y unas dotes en apariencia sobrenaturales. En la actualidad, son los deportistas los que tienen a su alcance acceder a tan eminente categoría.
No hay duda de que Carlos Alcaraz posee un talento extraordinario, basta con acudir a algunos datos genéricos para confirmarlo. Es el tenista más joven de la historia en lograr el Career Grand Slam, consistente en ganar al menos una vez los cuatro grandes; con 7 títulos (el más precoz en alcanzar esta cifra), se ubica en el segundo puesto del ranking español y, a pesar de su juventud, empieza a aparecer en las clasificaciones históricas mundiales; ganó su primer grande con solo 19 años; es el tenista más joven de la era ATP en conseguir 50 victorias contra jugadores del Top 10… La nómina de récords es interminable.
Estas estadísticas van acompañadas del dominio de todas las facetas del juego (saque, derecha, revés y volea, en sus diferentes modalidades) y, lo que es más importante desde un punto de vista heroico, de varias actuaciones concretas memorables.
El US Open de 2022 fue su primer Grand Slam. En su camino a la final, se impuso en tres partidos consecutivos a cinco sets: en octavos, en cuartos (donde venció a Sinner salvando una bola de partido) y en semifinales.
En el año 2023, ya como primer cabeza de serie, se plantó en su primera final de Wimbledon. Le esperaba Novak Djokovic, el tenista más laureado de todos los tiempos. Por aquel entonces, el serbio, pese a haber superado su etapa de máximo rendimiento, seguía en la cúspide del circuito: era el segundo cabeza de serie, venía de ganar las cuatro ediciones anteriores y llevaba 15 años invicto en la pista central. El escenario no podía ser más imponente: el trofeo más ilustre ante el rival más temible. No se amedrentó, se sobrepuso a un primer set titubeante –6-1 abajo– y se impuso en una épica batalla a cinco sets.
Todo gran héroe requiere de una némesis a su altura, y Alcaraz lo ha encontrado en Jannik Sinner. Para dotar la rivalidad de un elemento narrativo, se suele contraponer el estilo “mecánico” de Sinner –más consistente– con el virtuosismo de Alcaraz –más creativo–. Sin embargo, esta simplificación esconde una falsedad o, por lo menos, una verdad a medias. Si bien es cierto que en sus primeros años podía adolecer de falta de regularidad (o, en términos más exactos, no era capaz de mantener su altísimo nivel durante periodos tan continuados), se trata de un rasgo del que se ha desprendido en las últimas temporadas, muy probablemente debido en parte a la amenaza que supone el italiano.
El progreso del juego de Alcaraz alcanzó su culmen el último US Open, en el que se impuso dejándose únicamente un set en todo el torneo, precisamente en una final en la que arrasó a Sinner con una superioridad casi desconcertante.
En estos partidos Alcaraz demostró muchas cosas (talento, arrojo, capacidad de crecimiento, serenidad), pero no le sirvieron para convertirse en héroe. Eso sucedió en la final de Roland Garros de 2025. El frío análisis de los datos ya nos da bastantes pistas sobre la magnitud de la hazaña: el encuentro se extendió durante 5 horas y media (la segunda final más larga de la historia) y en el cuarto set levantó tres bolas de partido consecutivas –el marcador llegó a señalar 6-4, 7-6, 4-6, 5-3 y 0-40 con saque de Alcaraz–.
Alcaraz jugó como pudo esos tres puntos críticos, que no fueron en absoluto sencillos. Sin embargo, transmitía en ellos una cierta vulnerabilidad: Sinner se hizo con la iniciativa en algunos golpes que le obligaron a defenderse, en lucha agónica por su supervivencia.
Pero la condición de héroe no se adquiere mediante la superación de una situación complicada en la que uno se veía acorralado, sino por la súbita erupción de la máxima excelencia en el momento exacto. Héroes son Courtois parándolo todo en la final de Champions de 2022, Mireia Belmonte buceando en el último largo de los 200 metros mariposa (¡tiene pulmones!), los remontada en los 250 metros finales de Marcus Cooper Walz en el K1 1000 metros, la última recta de la selección femenina en el 4x400 del mundial de relevos de 2025 o un joven y osado Fernando Alonso adelantando por fuera a Michael Schumacher en la 130R.
El momento heroico de Alcaraz fue el súper tie-break del quinto set de aquella final. Con todo igualado, los jugadores se plantaron en un desempate decisivo a 10 puntos. Fue ahí cuando el juego de Alcaraz, que ya había sido brillante durante todo el partido, alcanzó sus cotas más altas.
En el primer punto, un resto profundo, una derecha dura y un ganador angulado hacia el lado izquierdo.
En el segundo, un saque abierto liftado, una derecha hacia el lado contrario y un nuevo ganador a contrapié, besando la línea.
En el cuarto, un nuevo resto profundo, que Sinner se sacó de encima, una dejada que obliga al italiano a golpear forzado y una suerte de passing shot de volea de derecha.
En el séptimo, un saque abierto que Sinner resta largo. Alcaraz la pasa como puede, para después jugar un revés cruzado y luego otro paralelo y definitivo.
7-0. Sinner sumó a continuación los dos únicos puntos que Alcaraz le permitió.
9-2 en el marcador, punto de partido. Saca el italiano, el resto se queda corto y, en su aproximación a la red, juega una bola angulada a la derecha de Alcaraz… que clava un nuevo passing paralelo perfecto y se convierte en campeón.
Los reseñados constituyen los puntos más vistosos, pero a lo largo de todo el desempate el juego de Alcaraz fue simplemente perfecto. No es descabellado pensar que nunca nadie ha jugado tan bien al tenis como lo hizo él durante esos 10 minutos, con el añadido de que se estaba disputando un Grand Slam tras más de 5 horas de exigente contienda.
La sensación que se me quedó al finalizar aquel tie-break, algo que sucedió mientras editaba el primer número de esta revista, fue la de compartir la misma experiencia que aquellos que vieron combatir a Diomedes frente los troyanos: ser testigo de un ejercicio tan excelso de unas facultades que sugiere asistencia divina; o, lo que es lo mismo, presenciar el instante en el que nació lo que en otros tiempo se llamaba “héroe”.
