La genealogía de un llanto en el post-apocalipsis absurdo de 28 años después
Tenía muchas ganas de ver la película. Soy un gran aficionado a la temática zombi. A todas las películas de ese tipo les veo algo de tratado de antropología. No hablan de muertos vivientes, hablan de nosotros. De lo que somos cuando desaparecen las estructuras que nos sostienen. De lo que queda cuando el mundo deja de fingir que es estable.
Además, me generan una cierta contradicción interna: por un lado, me anega el alma una gran fatiga pensar en el hecho de tener que sobrevivir en semejante marco de escasez de comida, medicinas y artículos de higiene personal, con especial referencia a mi lentilla-monóculo; por otro, tengo elaborada toda una teoría sobre cuáles serían las acciones que se deben realizar al comienzo del apocalipsis con el fin de asegurarse de sobrevivir, y me molesta encontrarme en la tesitura de abrazar la caterva de infectados y no aplicar mi sabiduría teórica.
Volviendo al tema, quería ver 28 años después con ansiedad, porque la primera película de la saga, 28 días después, dirigida por Danny Boyle es mi favorita del género. Tras la primera secuela, 28 semanas después, que estuvo a cargo de Juan Carlos Fresnadillo, volvía Boyle como director, con guion de Alex Garland, que dirigió y escribió, entre otras, Ex Machina, Aniquilación o Civil War, auténticos peliculones. Esto tenía que ser un pelotazo, pensé, un subidón de adrenalina.
Pues la película resulta ser una absoluta memez.
Tras una primera escena magistral, una de esas aperturas que prometen intensidad, atmósfera y nervio, sentí, durante unos minutos, que estaba a punto de asistir a una nueva cumbre del cine zombi. Mala intuición: el guion se diluye en una trama disparatada, con personajes planos y previsibles, zombis embarazados, soldados sin cerebro descuartizados y un Ralph Fiennes grosera y burdamente inspirado, quiero suponer, en el Dr. Livingstone (lo cual a Said le daría para alguna reflexión, dicho sea de paso).
Lo de los ninjas acróbatas mata-zombis liderados por un rubiales melenudo con chándal de motomami y cadenas de oro, ya me lo explicarán. Me he debido hacer viejo.
Entonces, por qué escribo sobre esta película.
Por la muerte.
Porque lo que sí hay en 28 años después es muerte, tratada, me pareció, de una manera algo más refinada que en otras buenas pelis de zombis como Guerra Mundial Z o Train to Busan. La muerte me interesa, desde niño, no sé muy bien por qué, aunque me voy acercando a entenderlo.
Ojo, ahora vienen spoilers, aunque no hay que ser vidente para saber lo que va a pasar en cada segundo de la historia. Pero por si acaso.
Lo que viene a suceder en un momento de las incalificables andanzas de los personajes es que una madre muere delante de su hijo. Y su hijo llora. Llora muchísimo. Y Ralph Fiennes repite sin cesar memento mori.
La sorpresa me asaltó cuando, en medio de todo aquel dislate, me eché a llorar. Con un llanto inopinado, desconsolado e incontrolable, como hacía años que no lloraba.
Casi me enfadé conmigo mismo por llorar con una película que me estaba generando tal nivel de desilusión, sarcasmo y mala leche. Tonto de mí, me decía. Estaba muy triste, sí, pero ¿para ponerme así?
A esa pregunta vino a responder, como siempre, con ufanía, una de mis múltiples personalidades internas, en este caso, mi personaje racional, al que le tengo una profunda manía, a la vez que cierto respeto por su mortificante capacidad analítica. Ese cansino histórico, parecido a mi yo de niño empollón, pero con mirada de adulto levantisco, me explicó que lo que me hizo llorar fue pensar en lo siguiente: ¿alguien llorará así por mí el día que me muera? No como lloraba yo imbuido en esos pensamientos, sino como lloró ese niño por su madre en la película.
Otra contradicción. Si creo, porque lo creo, que, como decía San Agustín, la muerte no es nada, ¿qué más me tendría que dar que alguien llore por mí el día que me muera? Siempre he pensado que, el día que la palme, más del noventa y nueve por ciento de la gente que, mohína y medio compungida, venga al tanatorio, llegará a su casa más tarde, cenará algo que le guste, verá la tele, intentará, con éxito desigual, tener alguna relación sexual medianamente satisfactoria y, luego, tras pensar en mí y decirse, en bajito o en silencio, “pobre Tao/José María/Codes, no somos nadie”, dormirá ocho horas, como un bebé.
Nunca, en cambio, había pensado en si habría, en esa pequeña minoría de gente que me conoce y que quedaría afectada de verdad por mi muerte, alguien que llorase por mí.
Quiero creer que esto no es vanidad. Quiero creer que, en la muerte, el amor –que es el único tema no futbolístico que, al final del día, me interesa– aflora locamente, en el que se va y en los que se quedan. Me vino a la cabeza una entrevista a Zizek que leí hace unos años. La busqué, y encontré esta cita:
“Love is a catastrophe. It’s a crazy illness. Love ruins your life. But I am very sad when I am not in love.”
Considero que ese señor, que me resulta muy simpático e inteligente, está queriendo decir que, en realidad, es el amor, del tipo que sea, el que nos salva del Tedio que tanto temía Baudelaire.
Así que, con este espíritu voluntarista con el que me siento hoy, quiero creer que lloré por pensar en que, si el día que me muera, alguien no llora mi marcha de manera exagerada, florida, estertórea, fastuosa, peliculera, lacerante y sincera, eso supondrá que me habré ido al otro barrio sin que nadie me quiera de esa forma sanamente enferma y loca. Con esa furia amorosa que, aun siendo temporera locura, siempre, tras el llanto y el duelo, desemboca en paz, cordura y amable y japonesa despedida.
Quiero creer que lloré por pensar en que, si nadie llora así por mí cuando desencarne, mi vida habrá sido un fracaso. Que haya vida eterna no implica que esta vida no sea muy importante.
Todo lo demás, insisto, me da bastante igual.
Así que a ver si me aplico el cuento. Bendita película de zombis absurda, que me recordó la importancia que tiene pensar en la muerte para cultivar más y mejor el amor de los que me quieren. Si no espabilo, me tocará repetir curso.
No tardaré en ver la secuela de la secuela de la secuela, con el sugerente título 28 años después: Templo de Huesos, aún en algún cine mientras termino estas líneas. Seguro que los ninjas motomamis dan espectáculo.
La muerte no revela quiénes fuimos. Revela quiénes nos quisieron.
